17 de Junio

Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía

Ordenación sostenible de los usos y explotación del suelo para frenar su degradación y el avance de la desertificación

La sensibilización y concienciación ciudadana a nivel mundial ante la problemática de la desertificación, son acciones cuyo fomento irrumpió a partir de la Conferencia sobre Desertificación que la Organización de las Naciones Unidas celebró en Nairobi (Kenia) en el año 1977. Años más tarde, en la Cumbre de la Tierra de 1992 en la ciudad de Río de Janeiro, la desertificación y la sequía se catalogaron, junto con el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, como los mayores retos medioambientales a los que se enfrentan las políticas internacionales de desarrollo sostenible. En 1994, la ONU proclamó definitivamente el 17 de junio como el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía.

Desertificación

fenómeno de degradación progresiva de la tierra y consecuente pérdida de fertilidad del suelo

Zonas Vulnerables

Obviando los terrenos desérticos existentes, el concepto desertificación hace referencia al fenómeno de degradación progresiva de la tierra y consecuente pérdida de fertilidad del suelo en las regiones áridas, semiáridas y subhúmedas secas del planeta. El crecimiento demográfico de la población mundial, prácticas agroganaderas intensivas y deforestaciones masivas, suponen la sobreexplotación y uso inadecuado de la tierra cultivable. Agravantes añadidos son factores climatológicos diversos que, en el contexto actual de calentamiento global, terminan provocando la génesis de suelos degradados e improductivos. El ritmo de degradación actual de las tierras cultivables se sitúa, según investigaciones aplicadas al respecto, a una velocidad entre 30 y 35 veces superior a la histórica. Oriente Próximo, América del Norte, Australia y, centro y sur de África, son las regiones geográficas con mayores índices de vulnerabilidad a la degradación de sus suelos.

Esta amenaza medioambiental se presenta como un desastre natural con marcadas consecuencias a nivel socio-económico.

Esto es, la seguridad alimentaria, la estabilidad política y los esfuerzos por erradicar la pobreza, se han convertido en objetivos de desarrollo sostenible que requieren de la implantación de medidas urgentes para reducir el impacto de los hábitos de producción y consumo de la humanidad. No obstante, la aridez no sólo se relaciona directamente con las funciones clave del suelo (producción primaria y reciclaje de nutrientes), sino que es un potencial elemento condicionante de los ciclos geológicos naturales así como de los movimientos de migración de la fauna y sus índices de biodiversidad. La afectación del potencial del suelo como soporte de funciones biológicas, implica la alteración de parámetros fisiológicos y de conducta con fines adaptativos de la flora y fauna, pudiéndose verse gravemente afectada su distribución y sus índices de riqueza biológica. En último término, este conglomerado de elementos y fenómenos socio-económicos y biológicos, se convierte en un ciclo dinámico de retroalimentación que termina afectando a importantes parámetros climáticos y viceversa.

En el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible dictados por la ONU, el objetivo 15 hace referencia específica a la necesidad de gestionar de manera sostenible los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad. La Convención de las Naciones Unidades para la Lucha contra la desertificación, constituida en 1994 y a la que están adscritos 195 países, es el primer y único marco legalmente vinculado a escala internacional para combatir esta amenaza medioambiental. El conjunto de estándares, reglas, normas o criterios que dictamina esta Convención como de aplicación general para la lucha contra la desertificación, pueden definirse como aquellas prácticas o actividades que persiguen un aprovechamiento integrado y sostenible de la tierra de las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas para la prevención o reducción de su degradación, la rehabilitación de tierras parcialmente degradadas y la recuperación de tierras desertificadas.

 

Objetivo

En definitiva, se persigue alcanzar un estado de equilibrio ecológico a través de una mayor capacidad de satisfacción sostenible de las necesidades de la población humana para lograr una reducción de la huella o impacto que las actividades involucradas pueden generar sobre la calidad y salud del suelo como ecosistema vital. De lo contrario, se estima que, en 2025, cerca de 1800 millones de personas (aproximadamente dos tercios de la población mundial) no dispondrán de suficientes recursos hídricos dada la aridez esperada de los terrenos que habitan y explotan. Asimismo, para el año 2045, alrededor de 135 millones de personas podrían verse obligadas a desplazarse de sus lugares habituales de residencia como consecuencia de la desertificación. Esta migración forzada llevaría a su vez implícita la sobrepoblación y el deterioro de las zonas receptoras si los ritmos de crecimiento, producción y consumo de las poblaciones humanas no cambian.

Estado de equilibrio ecológico a través de mayor capacidad de satisfacción de las necesidades humanas

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